Un intercambio reciente en Instagram deja al descubierto cómo gestiona José Benlloch la crítica cuando le incomoda de verdad. Un vecino le acusó públicamente de "cometer ilegalidades" en su gestión como alcalde de Vila-real. La respuesta no fue explicar, ni desmentir con datos, ni abrir el expediente que fuera: fue una advertencia judicial, directa y sin matices, firmada desde la cuenta institucional del propio alcalde.
El mensaje es un ejercicio de cinismo bien construido. Primero, la pose: dice aceptar la crítica, "incluso la más dura", como parte de su responsabilidad pública. Acto seguido, la amenaza: quien le acuse sin aportar pruebas puede esperar una denuncia, una querella y un bloqueo, "como la Policía me aconseja desde hace tiempo que haga con quienes utilizan las redes de esta manera". De la supuesta apertura al diálogo al aviso de juzgado, en el mismo párrafo. Así de rápido.
Nadie discute que un cargo público pueda defenderse de una acusación falsa — es un derecho, como el de cualquiera. Lo que no se sostiene es la forma: usar la cuenta institucional del alcalde, con el peso simbólico y real de la alcaldía detrás, para amenazar públicamente a un vecino con los tribunales por un comentario en redes. Eso no es defender el honor, es un ejercicio de intimidación con membrete oficial, diseñado para que el siguiente que quiera criticarle se lo piense dos veces antes de escribir una sola línea.
Y esto es lo que de verdad debería indignar: Benlloch tiene detrás recursos, asesoría jurídica y el presupuesto de todo un Ayuntamiento. El vecino que escribe un comentario en Instagram no tiene nada de eso. Cuando quien gobierna responde a una crítica incómoda con la amenaza explícita de un juzgado, no está defendiendo su honor de igual a igual: está usando el aparato institucional como un arma para que la gente se calle. Llámese como se llame — "defensa del honor", "cauces legales", lo que sea —, el efecto es el mismo: silenciar a quien no tiene medios para aguantar un pleito contra su propio alcalde.
Esa es la verdadera cara de la "cercanía" que tanto presume Benlloch: mano tendida para la foto, denuncia preparada para quien se atreve a preguntar de más.






