La macromezquita de Vila-real pone aún más en jaque a los almacenes de naranjas
Se crearán almacenes de carne halal

Vila-real no vive solo del cemento ni de los discursos políticos. Vive, sobre todo, de su tierra, de sus agricultores y de los almacenes de naranjas que durante décadas han dado trabajo y dignidad a miles de familias. Pero hoy ese modelo ya está tocado por las decisiones que llegan desde Bruselas… y ahora una macromezquita mal planificada amenaza con rematarlo.
Bruselas ya asfixia al sector citrícola
Los almacenes de la Plana llevan años contra las cuerdas. Importaciones masivas de países terceros, normas fitosanitarias desiguales, burocracia absurda y competencia desleal. Todo eso ha hecho que el precio de la naranja se hunda y que muchos operadores apenas sobrevivan.
Cada campaña es una batalla. Cada cierre es una familia que pierde su sustento. Y mientras el agricultor se aprieta el cinturón, desde Europa siguen abriendo la puerta a fruta que no cumple las mismas reglas.
Ahora llega el golpe urbanístico
Como si no fuera suficiente, Vila-real se enfrenta ahora al proyecto de una macromezquita en una zona clave. No hablamos de un pequeño local, sino de un complejo de grandes dimensiones, con impacto directo en suelo, tráfico, accesos, servicios y, sobre todo, en el entorno industrial.
Los almacenes citrícolas necesitan espacio, logística, camiones entrando y saliendo, zonas de carga y descarga. Necesitan un entorno pensado para trabajar, no para colapsarse.
Y lo que se está planteando en Vila-real amenaza con romper ese equilibrio.
Un empresario del sector lo resume así:
“Ya vamos justos por culpa de Bruselas. Si encima nos meten un proyecto que colapse la zona, nos están empujando al cierre”.
El Ayuntamiento vuelve a mirar hacia otro lado
Lo más grave es que el Ayuntamiento no está defendiendo a su tejido productivo. En lugar de blindar las zonas industriales y proteger los almacenes de naranjas, se toleran proyectos que ponen en riesgo la actividad que da de comer a la ciudad.
Vila-real no puede permitirse perder ni un solo almacén más. Cada nave que cierra es menos empleo, menos movimiento económico y más dependencia de fuera.
La naranja es identidad, no un estorbo
La citricultura no es un negocio cualquiera. Es historia, cultura y supervivencia para miles de familias. Convertir el suelo industrial en un campo de experimentos urbanísticos es un error que se paga caro.
Si Bruselas ya castiga al agricultor y al almacenista, lo último que necesitan es que su propio Ayuntamiento les dé la espalda.
Una ciudad que se olvida de lo que la hizo fuerte
Vila-real creció gracias al trabajo, a la industria y a la naranja. Y hoy corre el riesgo de olvidarlo todo por decisiones políticas que no tienen en cuenta al que madruga, al que exporta y al que mantiene viva la economía local.
La macromezquita no es solo un edificio.
Es una amenaza directa a un sector que ya está al límite.
Y cuando se juega con el pan de la gente, no hay excusas que valgan.