La provincia de Castellón vive uno de los momentos más duros de su historia industrial.
Las azulejeras cierran, los ERTE se multiplican y miles de familias viven con la angustia de no saber si mañana seguirán trabajando. Vila-real, como corazón industrial del clúster cerámico, lo sufre de lleno.
Y en este contexto, el Ayuntamiento gobernado por José Benlloch ha confirmado un dato que debería hacer saltar todas las alarmas:
en el último año el padrón ha aumentado en 1.118 inmigrantes.
El problema no es que llegue gente.
El problema es que no existe ningún plan serio para absorber ese crecimiento cuando:
Falta vivienda social
Falta empleo
Falta seguridad
Faltan servicios públicos
Y sobra deuda
Una economía local en caída libre
Mientras crece la población:
Las fábricas cierran
Los autónomos ahogan
El comercio baja persianas
Y la cerámica, motor económico de la provincia, se desangra
Vila-real debería estar volcada en:
Atraer inversión
Defender la industria
Crear empleo
Retener a sus jóvenes
Pero lo que hay es improvisación y propaganda.
Más gente, mismos recursos… o menos
Un aumento de más de mil personas en un solo año implica:
Más presión sobre servicios sociales
Más necesidad de vivienda
Más demanda de sanidad, educación y limpieza
Más tensión en barrios ya degradados
¿Dónde está el plan del Ayuntamiento para eso?
No existe.
No hay una hoja de ruta, no hay previsión, no hay inversión real.
Solo hay números creciendo y problemas acumulándose.
La política del “ya veremos”
El gobierno municipal vuelve a demostrar el mismo patrón:
No anticipa
No planifica
No explica
Y cuando llegan los problemas, culpa a otros
Mientras tanto, Vila-real:
Se endeuda más
Se degrada más
Y pierde peso económico
No se puede gobernar una ciudad como si fuera un experimento social sin base económica.
Cuando una ciudad pierde empleo y gana población sin planificación,
lo que crece no es el progreso:
crece el conflicto, la pobreza y la inseguridad.
Y eso no es solidaridad.
Eso es mala gestión.






