Muere el policía nacional brutalmente atacado en Valencia: un crimen que clama justicia
El menor queda libre y el juzgado deberá recalificar el caso como homicidio

La noticia ha sacudido a Valencia y al resto del país como un mazazo:
ha muerto el policía nacional al que dos jóvenes atacaron salvajemente hace unos días, machacándole la cabeza con una piedra en plena calle.
Un crimen atroz, cobarde y contra uno de los nuestros: un servidor público que perdió la vida simplemente por hacer su trabajo.
Un ataque brutal y sin sentido
Los presuntos autores del ataque —un menor de 15 años y su hermanastro de 21, este último con una notable discapacidad intelectual— fueron identificados gracias a una cámara de seguridad.
Pero lo que más indigna a la calle es lo ocurrido después:
- El menor de 15 años quedó en libertad tras pasar por Fiscalía.
- El joven de 21 está en prisión provisional después de entregarse.
Mientras tanto, una familia llora la pérdida de un agente que salió de casa para proteger a los demás… y nunca regresó.
De agresión a homicidio: el juzgado tendrá que actuar
El fallecimiento del agente cambia por completo el rumbo del caso.
Ya no hablamos de “agresión”, como se había imputado en un inicio. Ahora estamos ante un homicidio, y la Justicia debe recalificar los hechos sin titubeos.
Porque lo que ocurrió no fue un simple altercado.
Fue una agresión salvaje, una emboscada que terminó con la vida de un hombre al que golpearon con una piedra hasta dejarlo inconsciente y sin posibilidad de defenderse.
Indignación y preguntas sin respuesta
La calle arde de rabia.
¿Cómo puede quedar libre un menor implicado en un ataque tan brutal?
¿Hasta cuándo vamos a seguir viendo cómo la legislación protege más al agresor que a la víctima?
¿Quién responde ahora ante la familia del agente?
Los ciudadanos lo dicen sin rodeos: la muerte de un policía nacional no puede quedar diluida entre tecnicismos legales ni decisiones que generan más dudas que certezas.
Un país que debe proteger a quienes lo protegen
La pérdida de este agente deja en evidencia, una vez más, que quienes se juegan la vida a diario