Sonia Villa estalla con el funeral honorífico de la DANA
Los millones de euros que nunca llegaron

228 millones de euros. Era el presupuesto de las obras hidráulicas que pretendían encauzar las aguas en Valencia y que fueron aprobadas ya en 2011, siendo paralizadas en 2021...
No aburriré con teorías de quién hizo qué, o quién dejó de hacer, ya que, por más vueltas que se le dé a la cosa, estoy segura de que cada uno de ustedes tiene sus culpables y sus teorías, tan válidas como la mía. Solo decir que a mí me queda muy clara la diferencia entre el error y la maldad.
Y además, no creo que en una semana como esta, en la que muchos reviven la tragedia, y se nos vuelve a encoger el corazón con las imágenes del desastre, debamos hablar sobre los que no debieron dar motivos para ser nombrados, y sí sobre las miles de historias humanas que nos dejó la virulencia y la saña de la DANA.
Es menester hablar de los que perdieron su vida, de los que la dieron por otras personas, de los que la arriesgaron por otros, de los que se quedaron con lo puesto, de las personas que hicieron kilómetros a pie intentando ayudar, de los que vinieron de toda España empleando sus recursos, de los agricultores que pusieron su maquinaria al servicio del pueblo y de forma altruista, de los militares acuartelados que se mordían las uñas esperando el momento en que les dejaran actuar. Es momento de rendir homenaje a la gente y a las víctimas. De sentirse orgullosos de un pueblo que resurge de sus cenizas o que no lo piensa dos veces antes de lanzarse a ayudar. El pueblo salvó al pueblo. Por más que a algunos les fastidie esta afirmación, es la cruda realidad.
Y lo más importante. Entre el cruce de acusaciones, los intentos de escurrir el bulto, la evidencia de las prioridades políticas sobre las humanas, el intento de movilización con el simple objetivo de sacar rédito, las campañas de creación de opinión politizadas... entre todo eso, ¿qué se ha hecho para evitar que vuelva a ocurrir? La respuesta es igualmente devastadora: nada.
Ante una tormenta de igual dimensión, las inundaciones serían exactamente las mismas. La diferencia la marcaría el celo de las personas, que hemos aprendido que ante ciertas situaciones nuestra vida depende solo de nosotros mismos.
Somos la sociedad civil la que exige (en pocas cosas nos pondríamos de acuerdo, y esta es una) que se acometan obras de prevención. Hay proyecto. Hay presupuesto. ¿Qué estamos esperando? Ninguna ley absurda como la Ley de la Huerta nos sirve como excusa. No con tantas víctimas sobre la mesa.
228 millones. Solo salvar a una persona habría sido suficiente razón para gastarlos. Pero gastar dinero público en los ciudadanos sin que un partido político se beneficie es algo que, por desgracia, parece haberse vuelto poco habitual en la política española reciente.
Hay ocho fallecidos en el resto de España por los que nadie habla y que tampoco pueden quedar en el olvido. Debemos recordar a las siete víctimas en Castilla la Mancha, y a la víctima en Andalucía. Recordar solo a Valencia es olvidar que la tragedia no entiende de colores, y que el dolor no debería usarse como arma política.